Viajeros, blogueros y escritores

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Todos tenemos el deseo de ser nómadas y viajar por el mundo, pero pocos son los que se atreven a dejarlo todo y viajar con sólo una mochila al hombro.

Quienes se aventuraban antes lo hacían de forma casi anónima, impactando la vida de los habitantes de aquellas ciudades que visitaban. Hoy en día con el uso de las redes sociales conocemos un poco más de ellos y fue a través de estas que conocía a Juan y a Laura; estos viajeros del mundo tienen sus respectivos blogs en los que te muestran desde las bondades hasta las incomodidades de los lugares.

Recientemente acabó de leerlos: “Los viajes de Nena”  y “Acróbata del camino”; el primero es de Laura Lazzarino y el segundo de Juan Pablo Villarino, ambos son argentinos, ambos viajan por el mundo y lo recorren a dedo, como decimos en México de aventón. Laura y Juan se conocieron en el camino, se enamoraron y ahora recorren el mundo juntos.

¡Y sí! así de aventón es como llegaron a la Antártida en un barco, el viaje lo realizaron en 2010, pero su vivencia narrada día por día te hace sentir como si fuera el día de ayer cuando visitaron aquel lugar.  A dedo llegaron a África y recorrieron 14 ciudades de Europa.

 Además de escribir para su blog, colaboran con revistas de talla internacional y son reconocidos por periodistas como los mejores viajeros a los que puedes seguir, y es que no se guardan nada y te hablan de todo, desde como los reciben los ciudadanos hasta lo que comen.

No visitan una ciudad y escriben para quedar bien con sus autoridades ¡no!, la viven, la experimentan, disfrutan su cultura, analizan la diferencia con la suya y siguen su recorrido a dedo. Cada año se trazan una meta y llegan a ella; gastando lo menos posible en el pasaje y probando todo lo que tiene el país.

Leerlos en su blog es una delicia y pone a tu imaginación a recorrer esos lugares que quizá jamás visites, pero que al menos ya sabes no son tal y como te los muestran en las películas o en las revistas dedicadas a atraer turismo.

Viajan a dedo por el mundo

Además de platicar del lugar, te dan recomendaciones sobre como viajar, el problema que se puede suscitar con las visas y montón de detalles que pasan cuando eres un extraño en ciudad desconocida.

Te preguntaras si esta columna es de libros ¿Por qué los mencionó? Pues porque han escrito varios libros; Juan Villarino escribió Vagabundeando en el Eje del Mal, Hitchhiking in the Axis of Evil y Tango en el Tíbet y entre los dos viajeros escribieron Caminos Invisibles. Yo leí su blog y ya estoy por encargar mi  primer libro el cual puedes conseguir en sus páginas respectivas: acróbatadelcamino.com y losviajesdenena.com

Admirando el infinito

Por: David Ortega

Aquí sentado, admirando el infinito,
pequeñas voces susurran
aventuras que prometen fortuna,
Y no esta libre de espinas ni llantos,
La senda que el destino traza:
Mas la gloria es inminente,
tras la sangre derramada.
Que en su pie, blanco y aterciopelado
se nubla la duda,
dejando ir al dolor,
anegándose de fama y absolución
afilando su espada,
enfilando su corazón de león…
Azuzando al guerrero a su nueva batalla…

LA PUERTA EN EL MONTE

Pedro Paunero

Cuento ganador del Primer Lugar en la primera emisión del Premio Miguel Barnet a la Crónica Testimonial que otorga la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana en el Festival de la Palabra, año 2014 en Xalapa, Ver.

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I

            Don Gonzalo nos dijo que esperáramos todos en la sala mientras él lo recibía en la parte de atrás de la casa. Ahí nos quedamos, obedientes y nerviosos, algunos mordiéndonos los labios, otros apretándose las manos, otros más moviendo los pies con las piernas cruzadas y fumando mientras se amontonaban las colillas en el cenicero.

Se oyó un ruido como de alas presurosas y en seguida el de todas las gallinas poniéndose alerta como cuando el tlacuache entra al gallinero a comerse los huevos; todos nos miramos entre nosotros. Mamá dio un brinco en su silla cuando Don Gonzalo entró con el señor aquél. Yo también me asusté al verlos. El señor venía sudando y se secaba la cara con un paliacate rojo, tenía la mirada baja, llevaba un morral tejido y un sombrero que sostenía con una mano.

—Buenas tardes tengan todos —dijo. Saludamos en coro medio asustados, medio por educación y un poquito menos por costumbre.

—Voy a llevar a Antonio a ver a la niña —dijo Don Gonzalo, y comenzó a subir las escaleras. El señor asintió con la cabeza y lo fue siguiendo desde dos escalones abajo.

Yo sentí que se tardaron cosa de nada en el cuarto de Martha cuando Don Gonzalo salió, se paró en la parte de arriba y llamó a mi mamá que se levantó y se acercó al pie de la escalera.

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Pedro Paunero

—Dígame Don Gonzalo —dijo ella.

—Por favor, permita que Anastasia suba, no le va a pasar nada; Antonio le quiere hacer unas cuantas preguntas solamente.

Vi clarito cómo mi mamá tragaba saliva, decía que sí con la cabeza y me llamaba con la mano. Yo no tenía miedo, lo que quería era que mi amiga se salvara, por eso subí y vi a Martha acostada en esa cama enorme que tiene, rodeada por varias almohadas como un bebé para evitar que se ruede y se caiga, y vi las veladoras encendidas en la cómoda y las flores delante de un cuadro con la imagen de Santa Rocío.

—Anastasia es amiga de Marthita —explicó Don Gonzalo—, y también ha visto y oído cosas, ¿verdad Anastasia? Cuéntale a Antonio lo que viste la otra vez, cuando Martha se enfermó.

Le expliqué que estábamos jugando en el cerro grande, debajo de los grandes árboles para no asolearnos. El señor preguntó si era el mediodía. Le dije que sí porque el sol estaba en medio del cielo. Él miró a Don Gonzalo y le dijo muy serio que esa es la hora en que el sol se detiene indeciso, sin saber si continuar su recorrido o no, y todas las criaturas de la tierra aprovechan para salirse de los hoyos, de las cuevas y de los agujeros en que viven y hacer de las suyas. Le conté que Martha decía que escuchaba a alguien que la llamaba por su nombre pero yo no oía nada. El señor miró una foto de ella que estaba en la pared y explicó otra vez que la habían llamado porque les había gustado el color de sus ojos, verdes como el agua de los pozos y el color de su pelo, amarillo como las barbas del maíz. Martha respiraba muy bajito y el señor Antonio dijo que era porque estaba en un lugar que está entre dos lugares y que tenía que haber una puerta en el monte pero que la puerta no era de madera sino un hueco, y que tenía que haber un ídolo antiguo cerca de ahí.

Dijo que tenía que subir al otro día al lugar dónde habíamos andado jugando y buscar ese agujero a pleno mediodía. Le preguntó a Don Gonzalo si había visto algo extraño por esos días. Yo vi clarito cómo Don Gonzalo se puso a sudar cuando contó que iba a caballo por el camino angosto que va del río al cementerio viejo y sintió que alguien se le montaba atrás, en ancas. El caballo había reparado y se le había encabritado pero lo había controlado apenas. Luego miró pero no vio a nadie. Cuando iba pasando cerca del árbol de anono alguien lo abrazó por la cintura, como una mujer asustada, y a él casi le dio un infarto, miró y vio a un niño como de dos años que apretaba su cabeza pelona contra su espalda.

—¿Quién eres niño, cómo te montaste? —le preguntó.

—Sí, soy un niñito —le contestó con voz como de viejito—, pero ya tengo dientitos…

El niño le enseñó esos dientes largos como de perro. Don Gonzalo gritó y quiso tirar de un manotazo a esa cosa detrás de él, pero los dedos se le hundieron en la cabeza porque la tenía blanda, como sin huesos, aguada, como vacía.

—¡Duende cabeza de anona! —gritó y espoleó al caballo que echó a correr y no se detuvo hasta llegar a la casa.

Fue por entonces cuando Martha dio en jugar y hablar a pleno sol con alguien que no se podía ver, y la tarde sólo se le iba en puro dormir hasta que ya sólo se la pasaba durmiendo, y así estaban las cosas cuando llamaron al señor Antonio y le contamos todo eso.

Don Gonzalo puso a la cocinera y a la mamá de Martha a hacer bocoles de masa de maíz, tortillas y tamales, y a mí me pidió que amasara barro mojado para formar cazuelitas y canicas y toda clase de utensilios de barro en miniatura, porque el señor Antonio le había dicho que sólo la compañera de juegos de Martha podía fabricarlos, y que eran juguetes para una ofrenda. Luego todo lo metieron los dos hermanos de Don Gonzalo en el horno de pan que está en el patio para que se cociera en las llamas.

Mi mamá y yo nos quedamos a dormir en casa de Martha, porque al otro día me pidieron que acompañara a Don Gonzalo y al señor Antonio al cerro. Íbamos cargados con la comida y los juguetes de barro, y el señor Antonio se había vestido de blanco y llevaba su sombrero al que le había puesto una cinta con los siete colores del Arco Iris, como las que llevan los que bailan la danza de la Malinche, y en el pecho se había colgado una concha grabada con una figura que a mí me recordaba a una sirena, pero que en lugar de cola de pez tenía cola de serpiente, y que en una mano sostenía un niño muerto con cabeza de calavera y en la otra siete caracoles.

Mientras subíamos al lugar que yo recordaba que era nuestro preferido nos fue contando de los tiempos de antes, cuando los españoles todavía no llegaban a estas tierras y de sus antiguos pobladores y de cómo se ensoberbecieron cuando empezaron a construir ciudades. Los Tének, nos dijo, adoraban a Pijchal, la Señora del Arco Iris, patrona de las aguas que vive en los ríos que serpentean como culebras bajo el sol, y que tiene cuerpo de serpiente, ella es la dueña de los pozos, de los lagos y las lagunas y de todo lo que en estos vive, crece y se mueve.

Un día, después de una intensa lluvia, nos contó que Pijchal había puesto su puente de colores en el cielo para que los Tének la recordaran como a su protectora, pero ellos estaban tan ocupados construyendo sus ciudades que ni siquiera miraron hacia arriba. Pero Pijchal era tan buena que hizo llover cada vez para que las cosechas fueran abundantes, y cuando la lluvia pasaba hacía aparecer otra vez su puente colorido, pero los Tének cada vez tenían menos tiempo de mirar el cielo. Entonces ella decidió aparecer entre los hombres, acompañada de un terremoto que destruyó los templos y casas de piedra que soberbiamente habían construido dónde murieron aplastados, al mismo tiempo que otros morían ahogados por varias inundaciones que arrasaron con los campos.

—Vendrá un día en que yo habré de aparecer otra vez entre ustedes, hijos míos —así habló Pijchal a su pueblo—, mientras tanto deben confiar en que no habrá más terremotos ni más inundaciones, y habrán de recordarme cuando aparezca el Arco Iris en el cielo. Lo único que les pido a cambio es una pequeña cantidad de cada uno de los frutos de la primera cosecha que levanten en ofrenda.

El tiempo pasaba, y el pueblo Tének se impacientaba. Aquellos que decidieron no esperar a Pijchal huyeron a los montes y los cerros, dónde se volvieron huraños, les creció el pelo en el que se les enredaron espinas y hojas y ramas de los árboles, sus vestidos largos y antes blanquísimos se pusieron mugrosos, y les crecieron las uñas de las manos y los pies. Otros perdieron el pelo y los huesos, porque su alma estaba vacía y sin esperanza. Todos prefirieron cazar a los animales salvajes con las manos y comérselos crudos y hurtar las pertenencias y los niños de los habitantes de los pueblos para divertirse con ellos, vaciarlos del alma y llevarlos a un lugar que está entre dos lugares, que es dónde ellos habitan. Y ahí viven, a salto de mata, asustando a las buenas gentes y pidiendo ofrendas de comida hecha de maíz, como hiciera una vez la Señora del Arco Iris, porque son unos herejes que han olvidado cómo cocinar los alimentos.

El señor Antonio se quedó en silencio cuando le avisé que habíamos llegado al lugar dónde nos gustaba jugar a Martha y a mí.

—La puerta debe estar por aquí —dijo, y nos pidió la comida y los utensilios de barro—. Ahora deben volver y dejar que la busque yo solo. Váyanse y no volteen. Bajen con cuidado que yo me encontraré con Marthita y las Tepas que la tienen secuestrada, y la traeré de vuelta.

Así dijo el señor Antonio, y debió llevarle muchas horas encontrar la puerta porque nos dio tiempo de regresar a la casa, subir al cuarto de Martha y esperar a que ella despertara. Estábamos sentados alrededor de su cama cuando comenzó a mover la cabeza de un lado a otro pero sin abrir los ojos. Se le formaron gotitas de sudor en la frente que su mamá le secaba con un pañuelo.

—No encuentro el agujero… no… no… —decía Martha en sueños— ¿Quién es ese niño entre la niebla, ese que tiene dientes de conejo y esa niña con cara de muerta que ahora se ve y ahora no se ve? No… no voy a ir contigo… ¿Mamá estás ahí?

—¡Aquí estoy Marthita, y no te dejaré, ven con nosotros y regresa! —Y su mamá lloraba y a mí me entraron unas ganas muy grandes de llorar también cuando Don Gonzalo se puso a rezar, y las lágrimas nomás le rodaban por las mejillas. Mi mamá salió muy asustada del cuarto, cerrando la puerta detrás de ella, y no volvió a entrar.

Abajo habían llegado muchas personas del pueblo que tenían en alta estima a Don Gonzalo y todos oraban sin parar en compañía de los tíos de Martha y de la cocinera, mi mamá y los peones del rancho. Los parpados de Martha parecían querer abrirse cuando dijo otra vez aquello del agujero.

—¿Quieres que vaya contigo? Es que ella me llama, dice que me llevará a ver a mi mamá. ¿Tú me llevarás?… ¿Volando?… ¿Y quién eres tú y cómo sabes mi nombre?… ¿Ojos azules… cuáles ojos azules?

Todos nos quedamos en silencio cuando escuchamos la voz del señor Antonio ahí mismo, en el cuarto, pero como cayendo desde el techo o brotando de las paredes.

—Les traigo comida cocida porque no saben ustedes lo que es la comida cocida. Les traigo juguetes hechos por una niña porque ustedes son ahora como niños pero deben dejar libre a esta pequeña porque no les pertenece.

Y luego otra vez pero gritando:

—¡Marthita, coge mi mano!

En ese momento escuchamos el ruido como de alas presurosas y el escándalo en el gallinero, como cuando el tlacuache o el tejón entran a buscar los huevos, y la gente abajo exclamó aliviada al ver al señor Antonio entrar en la sala con Martha entre los brazos.

Bajamos corriendo. Ahí estaban. Iban sucios y sudorosos o mojados y bastante cansados. El señor Antonio puso a Martha de pie en el suelo y ella se le echó encima a su papá, abrazándolo del cuello porque él se había agachado para cargarla.

II

            Esto pasó hace casi un año. Martha me contó lo que vio en ese lugar entre dos lugares. Me habló de sus cascadas, de sus ríos, de sus pozos profundos, de su naturaleza fecunda y de los juegos acuáticos eternos (esa es la palabra que ella usó) que ahí se acostumbran jugar. Pero no me habló de las Tepas. Dijo que tampoco se les ve mucho en su propio reino, que más bien se les siente. Entonces se les percibe, le dije yo, usando una palabra aún más bonita que la que ella usó. Una palabra de esas que me gusta mucho usar cuando hablo.

Ya casi no platico con Martha, ella ha vuelto a la escuela y se ha vuelto más popular que antes, al contrario de lo que pensaba su papá, que le iban a tener miedo, que iban a apartarse de ella, que le iban a separar del resto. Supongo que una niña que regresa de un lugar tan bonito para contarlo debe despertar envidia.

Yo no le tengo envidia a Martha y no me hacen falta ni ella ni los otros chicos. Al mediodía subo al cerro y me siento en esa posición de yoga que me enseñó mi tía, la que vive en la ciudad, y me pongo a escuchar los árboles. También, con los ojos entrecerrados, puedo ver a los árboles y a las hierbas vibrar o latir cuando la puerta se abre y ellas aparecen. Me rodean, me cantan, me dicen lo bonita que soy y cómo les fascina el color de mis ojos. Dicen que les recuerda el color del cielo reflejado en las aguas, cuando el Arco Iris era una promesa, una esperanza de abundantes cosechas y habitaban en ciudades y entre los hombres. Todavía no me atrevo a seguirlos. Todavía no les he hecho caso, pero sus cantos son tan hermosos que quizá me decida, un día de estos, a ver esos lugares acuáticos y ver por fin si es cierto que mis ojos son tan azules como las aguas vivas que fluyen debajo de la tierra.

 

 

Las letras,en poco se secan…

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Las letras,en poco se secan…
quizá los versos se tornen en nada,
mero polvo en las miradas.
vano olvido en la memoria.
Y qué importa!
Si solo son instantes de locura,
son remilgos de obsesión,
Son sangre de heridas no cicatrizadas…
Son un momento en la eternidad…

 

Tolantongo

Este fue mi segundo viaje del año y tuve que hacerlo sola. Cuando vi que lo anunciaban convoque a todos mis amigos, mas tuve que  declarar desierta la convocatoria y quedarme con las ganas.

Cuando volví a ver anunciado este lugar en el estado de Hidalgo recordé una frase que rezaba: “Si tus planes no le gustan a nadie, vete sola; ya encontrarás gente en el camino”, y qué creen, encontré gente. Bajando del autobús me adoptaron dos chicas que eran primas y después incluimos a otra más.

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Con esta postal nos recibió Tolantongo a las seis de la mañana

¿Qué les puedo comentar del viaje? Lo disfrute al máximo y conocí gente genial; a la fecha seguimos en contacto, hasta me volví a ir de viaje con una de ellas, lo importante es que ahora tengo gente que me sigue en mis locuras.

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Cruzando el río puedes desayunar y tomar un café calientito como el agua río

Sin embargo, hay que tener en cuenta algunas recomendaciones para ir a Tolantongo, no me fui sola con la primera agencia que me topé. Al contrario, elegí con quienes ya había tenido un viaje; fui a Six Flags y me gustó mucho la atención, aunque en ese viaje hubo retrasos en la llegada al parque y a Tuxpan,  a su favor diré que se me hizo seguro.

Así pues, me lancé a la aventura a Tolantongo, para la cual llevé lonche y no desayuné en el lugar debido, principalmente, a mi primera experiencia en México, a donde llegué para comer tres sincronizadas y un vaso de agua por cincuenta pesos.

Si quieres vivir la experiencia al máximo, te diré que hay varios lugares donde desayunar, comer y cenar. No son caros y las personas de la localidad tienen permiso para entrar a ofrecer una que otra bebida tradicional.

De entrada debes llevar unos water shoes, si no tienes no te preocupes, ahí venden unos por 150 pesos, aunque los diseños no son bonitos te sacan del apuro; en Waltmart puedes encontrar varios diseños por 120 pesos.

Súper recomendable que lleves una cámara sumergible o un celular que puedas meter al agua, sino tienes, bueno, allí venden unas bolsitas para meter tu celular y darle rienda suelta a tu diversión; sin embargo, la bolsa suda por el calor y es un poco difícil tomar fotografías, aunque así no tendrás riesgos de mojar tú teléfono ¡yo lo metí hasta en el mar y sobrevivió!

¡Después de mil intentos me logre dos fotografías con mi celular dentro de la bolsita!

Solo nosotros podemos limitarnos #bajoelagua #tolantongo #water #travel #travelingram

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Además debes llevar lo básico: lentes, toalla, bloqueador, también puedes llevar champú y jabón para bañarte después de pasar todo el día en el agua, ya que hay unos baños públicos accesibles.

De hecho nosotras sólo gastamos en el pasaje del autobús, la entrada, la comida, los pasajes para ir de un lugar a otro que, no fueron más de cincuenta pesos  en una camionetita, y los recuerdos que nos llevamos.

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En la entrada encuentras los autobuses que te llevan a Ixmiquilpan y en el mismo lugar tomas la camioneta que te lleva a donde están las pozas, también puedes llegar haciendo senderismo

Se recomienda ir entre semana, porque en los fines de semana el lugar se abarrota, hay como tres hoteles y todos están llenos. También puedes acampar, las casas de campaña abundan a la orilla del río, de hecho puedes llevar la tuya o rentar; hay vehículos que te ayudan a transportar todas tus cosas hasta el lugar elegido.

He leído algunos blogs en los que han mencionado que no les fue tan bien como a mí, pero si te he de hablar de mi experiencia me encantó ir; volvería tal vez el año próximo, aunque es tan chiquito que es poco lo que se queda sin ver, y sí, sin duda me gustaría acampar a la orilla del río.

Te dejo unas fotografías

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¿Quieres saber más? aquí te dejo la página oficial : Tolantongo

Y si no te tomas está foto ¡no fuiste!

En algún lugar del mundo, viendo la creación. #tolantongo #viajeexpress #relax #travel #montañas

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Nancy Jácome

Aclaremos quién es quién en este viaje

Bueno, bueno, no cualquiera es viajero, no cualquiera es turista y aunque lleves mochila al trabajo no, ¡no eres mochilero! No importa si caminas largos kilómetros para llegar a tu morada laboral, ¡tampoco eres viajero!

En el mundo de aquellos que viajan de un lugar a otro para tener nuevas experiencias hay sus definiciones. Por tanto hay que aclararlas un poco para conocer este infinito en el que nos perdemos un poco después de cumplir la jornada laboral sentados frente a un monitor viendo datos, estadísticas, haciendo oficios o revisando en el correo el último chisme de la oficina.

La Real Academia Española de la lengua tiene definiciones exactas y deja fuera todas esas virtudes que se les atribuyen. Porque quienes viven estas experiencias tienen sus definiciones y características específicas para el turista, excursionista, viajero, mochilero. Yo solo ando Vagando después de una semana con muchas horas de trabajo.

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El mejor etiquetado de todos es el Turista, primeramente porque trae cámara en mano y no la suelta, suele llevar ropa cómoda para enfrentar todas sus aventuras y un mapa que sabe interpretar a la perfección para cumplir con su cronometrada agenda, ya que visita lugares sólo por un determinado tiempo. ¡Y no se va sin el típico recuerdito!

El Viajero, a diferencia del turista, no tiene un tiempo específico por cumplir para volver a su hogar; piensa en un país y marcha hacia allá para aprender de su cultura, su gastronomía, su naturaleza, en busca de la sorpresa de lo que se encuentre en el camino, de lo exótico, lo diferente. Lo que define al viajero es cómo dispone del tiempo en su viaje.

Hay quienes dicen que se puede ir de un lado al otro, es decir, que se puede ser turista y pasar, sin darse cuenta, a ser viajero o viceversa.

backpack-154121_1280Al Mochilero normalmente se le identifica por llevar una mochila al hombro, pero no te creas que siempre es así. Son personas que han decidido conocer parte del mundo y para ello deben viajar livianos, ya que la travesía puede durar semanas, meses y hasta años. Para la industria del turismo son catalogados como los que gastan menos en sus recorridos y eligen los hostales más alejados. Algunos venden cosas para poder seguir sufragando sus gastos de viaje.

Ahora bien, nosotros sólo andamos Vagando y esto también tiene definición; la Real Academia Española señala que Vagar es “tener tiempo y lugar suficiente o necesario para hacer algo”.

¡Así que tenemos el tiempo y la actitud para andar haciendo algo! Entonces, Vaguemos.

 

¡A vagar tuxpeños!

Nancy Jácome